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El relato erótico "Primera comunión, Parte 02 (de Kamataruk)" es un texto de ficción, ni el autor ni la administración de BlogSDPA.com apoyan los comportamientos narrados en él.

No sigas leyendo si eres menor de 18 años y/o consideras que la temática tratada pudiera resultar ofensiva.

  1. Primera comunión, Parte 01 (de Kamataruk)
  2. Primera comunión, Parte 02 (de Kamataruk)
Tiempo de lectura: 8 minutos

No es que la señora Ofelia fuese el recato personificado, solía lucir un considerable escote en todas sus vestimentas que dejaba a la vista sus generosos senos pero al lado del resto de las chicas del club parecía una monja de clausura. En cambio, aquella noche se mostraba esplendida, con su larga melena negra azabache suelta, y el conjunto de corpiño rojo, medias negras y liguero a juego con sus zapatos de aguja también color fuego. La capa vaporosa y negra le daba un aspecto místico, casi demoníaco que contrastaba con el inocente angelito que permanecía de rodillas a su lado con los labios entreabiertos y el esperma goteando por su pequeña nariz.

– ¿A que sí? Aine. ¿A que ahora lo vas a hacer mejor? – Dijo fingiendo de forma pésima un tono amable mientras conminaba a los otros clientes a acercarse a la niña.

Pronto, Aine fue rodeada por los seis hombres que le ofrecían de manera más que evidente sus abultados paquetes. Las prostitutas buscaban un hueco, no querían perderse el espectáculo de ver a la chiquilla atendiendo a varias vergas a la vez.

– Venga, sácalas todas y elige. Ya sabes cómo se hace.

La niña asintió y tras una leve indecisión eligió una bragueta al azar. Sus ágiles deditos comenzaron a desabrochar botones pero cuando ya había logrado su objetivo y un segundo pene entró en escena de nuevo la madame le guió en su caída al infierno:

– Bájale los pantalones, quítaselos. Así podrás disfrutarla mejor.

– ¡Sí! – Replicó Aine presa de la lujuria.

La niña tiró de la prenda hacia abajo con su habitual energía, llevándola hasta los tobillos en menos que canta un gallo, liberando a la serpiente. El cipote le golpeó levemente en la cara, lo que provocó la hilaridad general del público. Ella también se rió para luego mirar a su agresor con curiosidad, enseguida se dio cuenta de que el balano era distinto, más grande y curvado que su primer estoque. Comenzó a salivar de manera inconsciente.

– ¿Te gusta?

– Es torcida pero bonita. – Replicó la niña sonriendo a la señora.

– ¿A qué esperas? Ahora los otros. Bájales los pantalones a todos ¡Venga, deprisa!

Como quien recibe un montón de regalos de cumpleaños, la inocente chiquilla fue una a una excarcelando a las bestias. Cada vez que una aparecía frente a su rostro sus ojos brillaban de curiosidad, mientras los asistentes no paraban de jalearla y animarla en su cometido. Pero cuando la niña abrió el último regalo los a punto estuvieron los ojos de salírseles de las órbitas. Aquello… aquello era enorme.

– ¿Qué sucede, Aine? – dijo la señora intentando guardar la compostura.

– Esa… esa es muy grande. – Apuntó la chichilla con los ojos clavados en la hermosura de verga que pendía frente a ella. Aun semierecta era mayor que todas las otras.

– No te dejes intimidar… seguro que te haces con ella.

– Es… rara.

– ¿A qué te refieres?

La niña se humedeció los labios antes de proseguir. El candor de su vulva apenas le permitía hablar. A nadie podía engañar con aquella actitud tímida y dubitativa, ardía como una tea en su interior.

– Le… le faltan cosas… no tiene… esa telita, como las otras…

– ¡Ah! – exclamó doña Ofelia al intuir de qué se trataba -. El señor está circuncidado, le falta el prepucio.

– ¿Per… pre.. pe…?

– Pre- pu –cio.

– Prepucio…

– Eso es. La circuncisión es una costumbre judía, se lo cortaron al poco de nacer.

– ¡Oh! – dijo la niña algo apenada – ¿Y le dolió?– Le dijo al hombre algo compungida.

– Un poco, bonita. Pero yo era muy pequeño y no recuerdo…

– Venga, métetela en la boca…

– ¿No le haré daño?

– ¿Daño? No, mi vida no… chúpasela a este señor y le darás mucho placer. Chúpaselas a todos y ellos te regalarán su jugo.

– ¿De verdad?

– Por supuesto. Si lo haces bien te bañarán en su leche… no lo dudes…

– Pero como la señora veía que la niña no terminaba por decidirse se arrodilló a su lado.

– ¿Qué pasa?

– ¿Por… por cuál empiezo?

– Por la que quieras. Son todas para ti…

Harta de tanta indecisión fue la propia Ofelia la que, agarrando de la nuca a la preadolescente, la acercó al más grande de los balanos. Aine cerró los ojos mientras la serpiente penetraba su boca, sólo pudo jalarse la punta. Tras dos o tres hincadas la niña amagó con utilizar las manos para masturbar el falo pero la señora se lo impidió con un ligero toque en el guante.

– Nada de manos, sólo la boca… de eso que se ocupen las otras. Tú sólo métetelas bien adentro.

– De acuerdo.

Eran las propias prostitutas las que se encargaban de masturbar a los hombres mientras la niña revoloteaba de una a otra verga como una abeja libando de flor en flor. Miraba a los ojos de los hombres al tiempo que les mamama la verga con una dulzura y bisoñez que los volvía locos. Era inexperta pero su candidez infantil y sus ganas de aprender lo podían con todo. Verla era todo un espectáculo tanto para hombres como para mujeres, hasta las putas se excitaban con el espectáculo.

– ¡Aquí, Aine, aquí! – La reclamaban las prostitutas a coro.

– ¡Aquí también!

– ¡No! ¡Esta primero!

Ella acudía presta con la boca abierta a atender las barras de carne que poco a poco iban adquiriendo una considerable dureza y un brillo intenso. Cada vez iba haciéndolo con mayor soltura, su nuca se movía cada vez más rápido y buscaba nuevos ángulos hasta entonces no explorados. La cinta que adornaba su cabello no aguantó el ajetreo y cayó a un lado, liberando la melena de la niña por completo.

Si el tamaño del miembro viril no era demasiado grande Aine se permitía el lujo de introducírselo muy adentro, casi hasta la garganta, aunque tan solo por unos instantes, ya que si se recreaba demasiado en aquella acción comenzaban a entrarle arcadas. Cuando esto sucedía, se daba un pequeño respiro, tomaba aire y volvía a la carga con renovados bríos.

– Eso es pequeña – le animaba la señora -. Un poquito más profundo. Juega con la punta de tu lengua, recorre los pliegues… pero ten cuidado con los dientes.

Aine asentía, no podía decir nada, evidentemente tenía la boca ocupada.

De forma similar que llegó la primera corrida a su boca lo hizo la segunda. Esta fue aún si cabe más copiosa y abundante, pero ya no le pilló de improviso. Sobre todo porque el hombre le avisó con algo más de tiempo.

– Estoy a punto, bonita. Voy a dártelo todo ¿Estás lista?

– ¡Ajá! – dijo la niña sacando un instante el cipote de entre sus labios para décimas de segundo después volver a metérselo hasta el fondo.

Aine cerró los ojos, apretó los puños y aguantó el torrente espumoso que anegó su boca, para luego tragarlo en cuanto le fue posible, cuando el cipote le dio un respiro manchando su cabello con su último aliento. El esputo dibujó un garabato en su flequillo que comenzó a caer lentamente. Cuando los abrió contempló el rostro de la señora, asintiendo complacida.

– Eso es, pequeña. Ahora a por las otras, no te detengas.

Pero cuando ya estaba Aine concentraba en atender a la siguiente polla otra entrometida se colocó de manera traicionera junto a su sien y vertió todo el contenido de los testículos que la acompañaban directamente sobre su cara, cubriéndola de lefa. Fue la mano de pequeña Danna, su teórica mejor amiga, la causante de aquel disparo a quemarropa que le tapó los párpados y buena parte de su rostro con untura masculina.

La niña se detuvo petrificada mientras aquella cascada descendía por su mejilla. No podía abrir los ojos, el pegamento blanco se lo impedía.

– Sigue, no pares. – Le ordenó la señora marcándole el ritma agarrándola firmemente del cogote.

Aun a ciegas, Aine siguió mamando ante un público entregado. El chapoteo de su boca era sucio y obsceno. A cada arremetida del falo le seguía otro más intenso y profundo jaleado por la audiencia. El pene ya estaba llamando a la puerta de su garganta cuando otro de los clientes desparramó su esencia esta vez sobre el punto álgido de su coronilla. La simiente se entremezcló con su suave cabello, formando una amalgama que caía como la cera de una vela a ambos lados de su cabello.

– No pares. Pase lo que pase no dejes de chupar ni cierres la boca– le dijo la señora al oído –. ¿Entendido?

Y sin esperar respuesta, como si de un martillo pilón se tratase la mujer utilizó la cabeza de la niña para darle placer al macho que permanecía extasiado con los ojos en blanco. La pequeña bamboleaba su cuerpo al ritmo contundente con los brazos caídos carentes de vida mientras el falo llamaba a las puertas de su glotis. Al tercer toque la garganta cedió y se vio profanada por la punta del estoque justo en el momento en el que una nueva descarga estallaba en su cara. Una corriente eléctrica recorrió la espina dorsal de Aine y casi de inmediato se desencadenó un torbellino en forma de arcada que partió de su abdomen, subió por su pecho y explotó en su boca.

– Abre, abre, abre… no cierres… échalo todo si hace falta pero no cierres los labios… – Le ordenó la señora con dureza.

Aine aguantó el enviste lo mejor que pudo. Se convulsionó varias veces con mientras el vómito se escapaba de entre sus labios, precipitándose por su barbilla hasta caer sobre su vestido. El fluido amarillento, mezcla de semen y comida tiñó primero su pecho y después su falda. La señora dejó de oprimirla y la niña cayó al piso, tosiendo de manera ostensible semi tumbada sobre el charco de líquidos corporales. Uno de los clientes la utilizó su frente como lienzo donde extender su simiente. Ella ni se dio cuenta de que el semen volvía a teñirle la cara de blanco, sólo quería recobrar el resuello.

– ¡Muy bien! – la arengó doña Ofelia dándole un pequeño respiro.

– ¡Sí!

– Lo haces muy bien, Aine… – Dijo Danna de manera entusiasta.

– Sigue.

– ¿Q… qué?

– Que sigas. El señor no ha terminado contigo y todavía te quedan más vergas que atender.

La niña tardó en reaccionar y a no sin dificultad volvió a arrodillarse frente al cipote que seguía erecto y desafiante. El aspecto de la chiquilla ya no era el de un angelito blanco divino y etéreo sino el de uno caído en desgracia hacia los infiernos. Estaba literalmente calada, rebozada en esperma y en su propio vómito. La cantidad de jugos era tal que sus diminutos pezones se trasparentaban completamente a través de la fina tela que tapaba su pecho.

– ¿Lista? – le dijo la madame deslizando de nuevo su mano tras la nuca de la chiquilla con la intención de seguir usándola para dar placer a los clientes.

Esta tragó saliva y se sorbió los mocos para luego responder:

– Sí.

Estaba asustada, muy asustada pero a la vez satisfecha de estar dando la talla delante de todos aquellos adultos. Así que abrió de nuevo las mandíbulas e instantes después estaba de nuevo dándole brillo al estoque de turno. Esta vez la pelea fue corta, ni siquiera tuvo tiempo la señora de volver a poner a prueba la elasticidad de su garganta. El cliente regó sus dientes y lengua de manera abundante y la niña, sumisa y obediente, trasladó hasta su maltrecho estómago el tibio manjar con el que él la obsequió aquella noche.

– Muy bien. Límpiala bien… no te dejes nada, es tu regalo. – Apuntó la mujer liberando a su presa por un breve espacio de tiempo.

La lengua de Aine anduvo presta en recoger cada uno de los restos. Los buscaba con ahínco en cada uno de los recovecos tanto del cipote como de los testículos que lo acompañaban. Hizo un trabajo exhaustivo, dejándolos limpios como una patena. El hombre estaba realmente encantado contemplando a la niña lamiéndole los huevos como una gatita aplicada.

– Ven … te queda una… es la más grande.

La pequeña hija de la asistenta se dio la vuelta encontrándose frente a frente con su nuevo enemigo. Ni siquiera hizo falta decirle nada, ella misma abrió la boca todo lo que su joven anatomía dio de sí.

La señora no tuvo piedad, incluso alguna que otra prostituta distrajo su mirada de manera consciente.

Todo lo que Aine había comido ese día tan señalado, absolutamente todo: tarta, dulces y las más deliciosas viandas con las que la dueña de la casa la había agasajado, salieron de su estómago mezcladas con semen gracias al ariete que atravesó su garganta una y otra vez. Ni siquiera la Ostia Consagrada aguantó el envite, sus restos fueron a parar a un lugar indeterminado del vestido de la niña. Ésta parecía más una muñeca de trapo que la alegre chiquilla que todos conocían. Cuando el tipo eyaculó en su interior ni siquiera tuvo arrestos para tragar de nuevo. Una enorme mancha adornó de nuevo sus vaporosas ropas.

– Buena chica… – Le dijo la señora realmente complacida por su cruel hazaña.

Cuando liberó la cabeza de la chiquilla esta cayó al piso totalmente descompuesta.

Continuará

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