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El relato erótico "Las mellizas, Parte 06 (de Peli)" es un texto de ficción, ni el autor ni la administración de BlogSDPA.com apoyan los comportamientos narrados en él.

No sigas leyendo si eres menor de 18 años y/o consideras que la temática tratada pudiera resultar ofensiva.

  1. Las mellizas, Parte 01 (de Peli)
  2. Las mellizas, Parte 02 (de Peli)
  3. Las mellizas, Parte 03 (de Peli)
  4. Las mellizas, Parte 04 (de Peli)
  5. Las mellizas, Parte 05 (de Peli)
  6. Las mellizas, Parte 06 (de Peli)
  7. Las mellizas, Parte 07 (de Peli)
  8. Las mellizas, Parte 08 (de Peli)
  9. Las mellizas, Parte 09 (de Peli)
  10. Las mellizas, Parte 10 (de Peli)
  11. Las mellizas, Parte 11 (de Peli)
  12. Las mellizas, Parte 12 (de Peli)
  13. Las mellizas, Parte 13 (de Peli)
  14. Las mellizas, Parte 14 (de Peli)
  15. Las mellizas, Parte 15 (de Peli)
  16. Las mellizas, Parte 16 (de Peli)
  17. Las mellizas, Parte 17 (de Peli)
  18. Las mellizas, Parte 18 (de Peli)
  19. Las mellizas, Parte 19 (de Peli)
Tiempo de lectura: 5 minutos

Las mellizas narran como pervierten años después a la mujer y a la hijita de 12 años de su primo.

La comunión, Parte 01

Hace relativamente poco tiempo cayo en nuestras manos el curioso relato que hizo para ustedes nuestro querido primo sobre aquellas divertidas picardías juveniles y la verdad es que nos sorprendió bastante lo mucho que el tunante sabia acerca de nuestras andanzas.

No es nuestra intención criticar su obra, mas bien al contrario, lo que nos proponemos es ampliarla, dado el inusitado interés que demostró en nuestras cosas, relatándole lo que sucedió algunos años después, durante los días anteriores a la comunión de su hija Lucia.

La impresión que nos llevamos mi hermana y yo cuando conocimos Ingrid, su joven esposa, durante el bautizo de la pequeña Lucia, una docena de años antes de lo que les narraremos era la de que estabamos ante una preciosa vaquita suiza. Pues aun arrastraba algunos kilos de mas del embarazo, y parecía que todos se habían ido a su delantera.

Hay que reconocer que nuestro pícaro primo siempre a estado un poco obsesionado con los pechos grandes, y por eso no nos sorprendió demasiado el enorme volumen torácico de su preciosa mujer. Aunque si el que estos, a pesar de su tamaño, fueran tan firmes.

Nosotras, como ya dejo bien claro nuestro querido pariente al contar nuestra historia, ya hemos corrido mucho mundo, y solo con hablar con su simpática durante un rato, en el transcurso de la fiesta posterior, nos dimos cuenta de muchas cosas interesantes.

La primera era que su tímida mirada huidiza, y su delicioso caer de párpados, al oír algún comentario incisivo, durante nuestra conversación nos decía bien a las claras que lo suyo era la sumisión; y la segunda era que el intenso rubor que cubría su faz cada vez que le decíamos algo al oído evidenciaba lo nerviosa que le ponía nuestra presencia.

Ahora nada mas quedaba por averiguar si su nerviosismo era solo por lo que le pudiera haberle contado su esposo sobre nosotras o si latía algún deseo oculto en ella. Bastaron cuatro frases entre nosotras dos para que ambas supiéramos lo que había que hacer.

En cuanto vimos a Ingrid dirigirse a los aseos del restaurante la seguimos, procurando que nadie reparara en nuestra ausencia, entrando cuando aun no le había dado tiempo de encerrarse en el baño. Una de nosotras se quedo vigilando fuera, en el tocador, para que nadie nos molestase, mientras la otra la acompañaba al interior del aseo. Su docilidad se hizo pronto patente, pues no solo accedió a la brusca intromisión sin oponer resistencia, sino que acato todas las ordenes que le dimos con un servilismo de lo mas conmovedor.

Lo primero que hice cuando nos quedamos por fin las dos solas y juntitas en el retrete fue obligarla a subirse el vestido muy arriba, bastante mas allá de las caderas, para poder presenciar a mis anchas como caía la generosa cascada dorada desde su frondosisimo bosque privado hasta el aseo, aun mas espectacular por su abundancia de vello rizado.

Cuando Ingrid acabo de orinar solo tuve que enseñarle el papel higiénico que tenia ya en la mano, y hacerle un pequeño gesto con el dedo, para que se diera la vuelta; y, apoyada con ambas manos en los azulejos de la pared esperara, bien abierta de piernas, a que yo le limpiara las ultimas gotas de rocío que caían, perezosas, desde su intimidad.

Ni que decir tiene que no me conforme solo con asearla, pues no pare de hurgar en su madriguera hasta que no la oí suspirar y gemir de placer. Deje de explorar los aledaños de su húmeda cueva justo cuando sus dulces gemidos me indicaron que estaba a punto de caramelo, pues no era mi intención que alcanzara el orgasmo tan pronto, cuando apenas habíamos comenzado la diversión. Nada mas dejar de acariciarla volvió hacia mi su rostro sudoroso, con una patética expresión de suplica en el semblante arrebolado.

Yo, sin apiadarme de ella en ningún momento, le ordene que dejara en total libertad sus grandes globos, pues tenia curiosidad por ver sus enormes ubres al desnudo. La verdad es que pocas veces he visto tanta carne junta como en el instante en que se desvistió.

Digo esto pues solo uno de sus gruesos pezones, que destacaban poderosamente en la nívea blancura de sus mamas, ya hacia por tres de los míos. De hecho saque uno de los míos al aire para comprobar la veracidad de mi afirmación y, como no, para que Ingrid me lo chupeteara un poquito, mientras yo amasaba a conciencia sus increíbles pechos.

Aunque a la pobre se le notaba mucho la falta de practica no lo hacia del todo mal, así que decidí apiadarme de ella; y, arrodillándome bajo su falda, le demostré que nuestra mala fama esta mas que merecida, haciéndole toda una exhibición de lengua, con la cara sepultada entre sus temblorosos muslos. No deje de lamer su cueva agridulce hasta que oí como sus apagados jadeos delataban el poderoso orgasmo liberador.

Después, antes de que nuestra adorable víctima se recobrara del todo, salí fuera, para terminar de acicalarme, dejando que mi ardiente hermana rematara la dulce faena que nos traíamos entre manos.

Yo, mientras ellas dos se divertían dentro, había sacado algunos de mis artilugios mas queridos de dentro del bolso, donde los llevo siempre, por lo que pueda pasar.

En cuanto mi satisfecha hermana salió y pase al interior del aseo vi a Ingrid, todavía sofocada, sentada sobre el inodoro, recuperándose todavía del violento orgasmo, con las bragas enroscadas en un tobillo y el vestido abierto de par en par, enmarcando sus gigantescos pechos, libres todavía del sujetador. No pude resistir la tentación de plantarle un par de pequeñas pinzas, de las que nosotras usamos para el bondage, y que aprietan bastante menos que las de la ropa, pinzandole la cima de cada grueso pezón.

No deje que su mirada suplicante me conmoviera y, levantándome la corta minifalda, le enseñe cual era el precio que debía pagar para librarse de ellas.

No se hizo de rogar y pronto sentí como su húmeda lengua aprendía a darme placer, apartando las braguitas a un lado para poder saborear a fondo mi sonrosada almejita.

Aprovechando que soy bastante mas alta que ella no tuve ningún problema a la hora de introducir el gran consolador que escondía tras de mi en su dilatada cueva, encharcada de fluidos que apelmazaban sus espesos rizos; dejando que fuera ella misma la encargada de manejarlo al ritmo que mas le gustase para obtener placer. Fue una buena idea pues sus lameteos se hicieron mas profundos, y ansiosos, mientras ambas buscábamos a la vez la cúspide del nuevo orgasmo. Cuando por fin acabamos de gozar estabamos la mar de cansadas, y satisfechas; sobre todo ella que apenas podía mantenerse de pie.

Entre mi hermana y yo la ayudamos a adecentarse un poco, sonriéndonos por dentro mientras pensábamos en que rara excusa le daría a nuestro primo cuando este viera las rojas señales que las pinzas le habían dejado alrededor de sus gruesos pezones.

Pero nuestro querido primo seguía huyendo de nosotras y, con el paso de los años, decidimos que seria un bonito escarmiento hacer que el pecado del que tanto huía se afincara en su propio hogar. Así que esperamos, pacientemente, a que la pequeña Lucia alcanzara los trece, la edad ideal. Y cuando esto sucedió, es decir para su comunión, convencimos a Ingrid, tan sumisa como siempre, a fin de disponer de toda una semana para pervertir a ambas. Estamos convencidas de que nuestro sufrido primo debió de pensar en mil excusas antes de claudicar y dejar que nos instalásemos en su domicilio.

Por suerte su trabajo en la constructora le tenia alejado de la casa durante todo el día, dejándonos vía libre para nuestros planes. Lo mejor de todo era que el hermano mayor de Ingrid, su socio, que pronto seria el padrino de la pequeña, venia a menudo por la casa, para supervisar las reformas que dos de los chicos de la empresa, uno de ellos negro, estaban haciendo en el garaje, para admitir otro vehículo dentro. Con estos tres personajes rondando por el domicilio, no teníamos siquiera que salir fuera para buscar amantes, pues si las cosas nos salían como habíamos planeado ya los teníamos dentro.

Continuará

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