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El relato erótico "Las mellizas, Parte 04 (de Peli)" es un texto de ficción, ni el autor ni la administración de BlogSDPA.com apoyan los comportamientos narrados en él.

No sigas leyendo si eres menor de 18 años y/o consideras que la temática tratada pudiera resultar ofensiva.

  1. Las mellizas, Parte 01 (de Peli)
  2. Las mellizas, Parte 02 (de Peli)
  3. Las mellizas, Parte 03 (de Peli)
  4. Las mellizas, Parte 04 (de Peli)
  5. Las mellizas, Parte 05 (de Peli)
  6. Las mellizas, Parte 06 (de Peli)
  7. Las mellizas, Parte 07 (de Peli)
  8. Las mellizas, Parte 08 (de Peli)
  9. Las mellizas, Parte 09 (de Peli)
  10. Las mellizas, Parte 10 (de Peli)
  11. Las mellizas, Parte 11 (de Peli)
  12. Las mellizas, Parte 12 (de Peli)
  13. Las mellizas, Parte 13 (de Peli)
  14. Las mellizas, Parte 14 (de Peli)
  15. Las mellizas, Parte 15 (de Peli)
  16. Las mellizas, Parte 16 (de Peli)
  17. Las mellizas, Parte 17 (de Peli)
  18. Las mellizas, Parte 18 (de Peli)
  19. Las mellizas, Parte 19 (de Peli)
Tiempo de lectura: 4 minutos

La boda, Parte 04

Mas tarde, siendo la víspera de la boda, y como es de rigor, se fueron con Carmela y sus amigas a celebrar todas juntas la archiconocida despedida de soltera.

A pesar de mis temores, regresaron temprano, aunque tuvieron que acostar a mi hermana a escondidas de mis padres debido a la tremenda borrachera que traía la pobre.

Quiso el azar que en el sercicio militar coincidiera con varios chicos de mi ciudad; y a uno de ellos, que no sabia quien era yo, le oí narrar parte de lo que sucedió aquella noche. Nos contó que él y unos colegas habían estado de copas en una discoteca con unas chicas que estaban de despedida de soltera y que unas mellizas convencieron a la novia, que estaba ya muy borracha, de que hiciera una ultima locura. Así que todos los chicos salieron por la puerta de atrás a un callejón para gozar de ella. No pudieron poseerla porque era aun virgen, pero la novia dejo que sobaran su soberbio cuerpo a conciencia, dejando que la desnudaran por completo mientras les demostraba, uno a uno o a pares, que era toda una maestra en el arte de satisfacer a un hombre con la boca o con las manos.

Los datos que nos contó eran tan exactos y precisos que mucho me temo que tuvo que ser verdad.

Esa misma madrugada, mientras todavía estaba despierto, dándole vueltas a mi confusa relación con mis primas, entro una de ellas, completamente desnuda, en mi habitación.

Se deslizo, sigilosa como una gata en celo, debajo de las sabanas. Como supondrán con cuatro besos y cinco caricias, me puso a cien, mientras terminaba de desnudarme a mi.

Después insistió en ser ella la que dirigiera el juego, si en verdad quería que hiciéramos el amor.

Estaba tan excitado que por supuesto acepte todas sus excéntricas condiciones; y, en solo unos instantes, me vi atado en cruz a la cama.

La cínica melliza no se contento solo con atarme con las cuerdas que había traído, sino que incluso me amordazo con un grueso trapo hasta que apenas podía emitir sonidos.

Di por buenos todos estos curiosos preliminares cuando ella, muy cariñosa, se sentó sobre mi vientre desnudo, restregando su cálida intimidad sobre la mía hasta que ambos estuvimos a punto.

Dada su enorme experiencia, pronto logro que mi rígido pistón llegara hasta lo mas hondo de su cueva. La verdad es que me encontraba en el séptimo cielo, aunque solo veía de ella su espalda, pues estaba sentada mirando hacia mis pies, hasta que entraron las demás.

Creí estar teniendo una pesadilla cuando, gracias a la tenue luz de la lamparilla de noche, vi como entraban en mi habitación mi otra prima, y la pequeña Pamela, ambas desnudas.

Mi dócil hermanita venia hacia nosotros con los ojos vendados y las manos atadas por delante con un pañuelo. La otra melliza la traía de una forma muy curiosa, pues mientras la dirigía tirándole de un pezoncito con una mano, los dedos de la otra los llevaba firmemente hundidos en su húmeda intimidad, para que no aflojase el paso, al mismo tiempo que la mantenía excitada.

Mi hermana se veía la mar de nerviosa, pero cuando oyó la inconfundible voz de la otra melliza tranquilizándola, y se sentó bien abierta de piernas sobre sus muslos, para recibir mas caricias, se calmo. Mi prima era muy hábil, pues la lenta cadencia de sus caderas no solo evitaba que decayera mi animo, sino que ayudaba a aumentar el estado de excitación de Pamela.

Ni mis apagados gritos ni mis débiles movimientos consiguieron atraer la atención de mi hermana, la cual estaba mas que saturada de turbias sensaciones con las cuatro manos y las dos bocas que la recorrían sin parar. No pude evitar, de ninguna manera, que ambos cayéramos en la sucia trampa.

Las mellizas estaban perfectamente coordinadas y, para ellas fue muy fácil izar a mi ligera hermanita y, dejando salir a mi rígido monstruo de la húmeda cueva, dirigirlo a la inmaculada oquedad de Pamela. Habíamos segregado ya tantos fluidos los dos que apenas sentí como rompía su frágil barrera virginal cuando la dejaron caer sobre mi aparato.

Y tampoco oía claramente sus gritos de dolor, pues una de las mellizas devoraba con su boca la de mi pobre hermanita para que no se oyeran.

Mientras, la otra melliza obligaba con sus manos a que las caderas de Pamela siguieran el ritmo adecuado, hasta que la penetración fue total; incluso hicieron que pasara sus brazos atados por mi cuello, para que el mullido contacto de sus firmes y sedoso senos contra mi pecho encendiera aun mas mi excitación.

Cuando los apagados gritos que emitía mi hermanita se convirtieron al fin en debiles gemidos de placer las odiosas mellizas se fueron turnando en subir y bajar a mi hermana de mi miembro, para que la cadencia fuera perfecta, y el acto continuara por si solo.

Aunque ambas mellizas lo intentaron en varias ocasiones, no consiguieron que ninguno de los dos cooperara voluntariamente en el acto. Pero a la postre dio igual, pues la naturaleza no entiende de parentescos y al final terminamos por alcanzar un fuerte orgasmo, casi simultáneo, cuando nuestros cuerpos no pudieron soportar mas la terrible excitación.

Cuando todo acabo se marcharon ambas, en taimado silencio. Dejándonos a Pamela y a mi atados todavía el uno sobre el otro, para que pasáramos juntos la vergüenza de tener que desatarnos mutuamente, aceptando de esta forma lo que nos había pasado, separándonos luego en silencio.

Continuará

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