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El relato erótico "Las compañeras de Magdalena, Parte 04 (de Cazzique)" es un texto de ficción, ni el autor ni la administración de BlogSDPA.com apoyan los comportamientos narrados en él.

No sigas leyendo si eres menor de 18 años y/o consideras que la temática tratada pudiera resultar ofensiva.

  1. Las compañeras de Magdalena, Parte 01 (de Cazzique)
  2. Las compañeras de Magdalena, Parte 02 (de Cazzique)
  3. Las compañeras de Magdalena, Parte 03 (de Cazzique)
  4. Las compañeras de Magdalena, Parte 04 (de Cazzique)
  5. Las compañeras de Magdalena, Parte 05 (de Cazzique)
  6. Las compañeras de Magdalena, Parte 06 (de Cazzique)
Tiempo de lectura: 27 minutos

Al llegar a casa estaba completamente caliente, entré a mi oficina que estaba vacía, le llamé a Magdalena y oí que me gritaba desde el cuarto de la televisión, de inmediato me dirigía hasta donde se encontraba y la vi sentada frente al televisor, estaba viendo los Simpson, su programa favorito. Me quedé parado en la puerta mirándola. Ella no separó la vista del televisor sino hasta que comenzaron los comerciales y entonces fue cuando me vio allí en el marco de la puerta.

– ¡Papá! No te había visto.

– ¿Ya terminaste tus tareas?

– Sí.

– Bien… ¿Me puedo sentar a tu lado?

– ¡Sí, claro!

Me senté a su lado y continuamos viendo la serie hasta que por fin terminó. Magdalena volviéndome a mirar se dio cuenta de que bajo mi pantalón se dibujaba un enorme bulto y entonces me miró.

– ¿Te fue bien?

– ¡De maravilla!

– ¿Y entonces eso? – dijo señalando mi entrepierna.

– Tu amiga es muy caliente, como tú. Pero ya no hubo tiempo de más.

– ¿Quieres que te ayude?

No contesté solamente moví la cabeza afirmativamente y mi pequeña se hincó entre mis piernas. Sus manos buscaron mi cinturón y lo desabrochó, luego bajó el cierre y sacó de entre mis calzoncillos mi erecto palo. Sin más lo metió en su boca y comenzó a felarme deliciosamente. Justo como a mí me gustaba. Su boca se amoldaba perfectamente a mi garrote y con sus manos me masturbaba de manera increíble. En apenas cinco minutos me comencé a venir y mi hermosa hija se tragó todo mi semen, sin dejar ni una sola gota escaparse. Siguió mamando hasta dejar completamente limpia mi verga qué ya no volvió a levantarse.

Cómo podrán darse cuenta ella me había ayudado a cogerme a Ivonne y no solo a ella sino a otras de sus amigas, ¿Pero cual era esa historia? Bueno pues si ustedes me lo permiten se las voy a contar a continuación:

Magdalena, mi hija esta a punto de ser presentada en sociedad y la historia se remonta un par de años atrás. Cómo ya les había comentado anteriormente tengo mi oficina en casa lo que me permite estar constantemente a solas con mi pequeña Magdalena. Bien pues durante esa época ella se encontraba realizando un trabajo de su colegio. Ya su cuerpo se encontraba hermosamente desarrollado, sus caderas amplias y una breve cintura, senos de buen tamaño, sus piernas largas y bien torneadas. Su cara hermosa de piel blanca y ojos de color café oscuro, grandes, llenos de vida. Su larga cabellera que le llega hasta la cintura. Todo esto la volvía una de las chicas más populares de su colegio, envidia de algunas de sus amigas y centro de atención de sus maestros. Por supuesto que su belleza nunca ha pasado desapercibida para mí y desde un poco antes de esa edad yo ya la veía como toda una belleza, obviamente los tabúes siempre me habían detenido en mis propósitos y no fueron pocas las ocasiones en que me vi obligado a tratar de comprender mis sentimientos para con mi pequeña, las cosas para ese entonces eran completamente normales, pero algo sucedió. Sí, algunos acontecimientos fueron cambiando el rumbo de las cosas y mis tabúes se fueron haciendo más débiles cada día hasta que en uno de esos días las barreras se llegaron a romper.

La primer situación que me llamó la atención fue encontrar que mi pequeña se estaba volviendo una mujer, lo descubrí un día cuando revisando sus útiles escolares me encontré entre sus libros una revista para adultos en la cual se veían muy explícitamente las penetraciones, esto hizo volar mi imaginación y mis celos, por supuesto. Me imaginé que ella se metía con sus compañeros y esto me hacía hervir la sangre. Desde esa ocasión cada que podía espiaba los movimientos de Magdalena y justamente esta situación me llevó a un hallazgo que no esperaba. Una tarde después de que ella llegó se encerró en su habitación y se puso a escuchar música, me acerqué a su puerta y toqué sin obtener respuesta, la puerta se encontraba cerrada con llave. No insistí más y pensé que posiblemente ella se drogaba o algo parecido. Al día siguiente volvió a ocurrir lo mismo y al siguiente día igual. Su comportamiento me comenzó a intrigar y trataba de encontrar alguna prueba de lo que hacía pero nada encontré, así que decidí jugar un poco chueco, todo por el bien de mi pequeña.

Antes de que llegara del colegio coloqué en su librero una cámara y comprobé que está me diera la mayor vista posible de su habitación, justo cuando escuché que ella abría la puerta de la casa y gritaba “¡Ya llegué papá!”, encendí la cámara y salí corriendo para mi oficina. Como de costumbre ella entró en su habitación y se encerró, ahora lo único que tenía que hacer era esperar que ella no descubriera la cámara para que cuando saliera de su habitación yo la pudiera recuperar.

Esa misma noche me encerré en mi oficina con la cámara en mi mano, saqué la memoria y la metí en mi computadora. Los primeros cinco minutos no pasó nada pues ella todavía no entraba en la habitación; por fin apareció con su uniforme verde y cerró detrás de ella la puerta metiéndole la llave, luego de esto ella aventó su mochila sobre la silla de su escritorio y se tiró en la cama, – hasta aquí nada fuera de lo normal. – El video continuó cuando ella se puso de pie y encendió su equipo de sonido, acomodó el volumen y se puso a bailar al ritmo de la música. Luego también al ritmo de la música se comenzó a desabotonar el suéter qué voló hasta perderse de foco, siguió la camisa y ella quedó en sostén, – En este punto pensé que debería de dejar de mirar, pero para mi gran sorpresa entre mis piernas se levantaba una potente erección: continué. – Sus manos giraron la falda al hasta que el botón quedó al frente y ella lo desabrocho. La falda calló al suelo dejando a mi hija solo en ropa interior, su cuerpo se veía hermoso. Se quitó los zapatos y las calcetas instantes después, ahora solo bailaba en ropa interior, su cuerpo sinuoso se movía sensualmente con la inocencia de su edad.

Sin percatarme mi mano se movía de arriba para abajo sobre mi pantalón, masajeándome suavemente la potente erección que estaba debajo. Magdalena continuó bailando por espacio de varios minutos más en ropa interior y entonces se quitó el brasier. Sus senos no eran ni grandes ni pequeños, simplemente hermosos, firmes con unos pezones puntiagudos y ya duritos. No pude apartar la mirada de ese movimiento rítmico y sensual y dejando de pensar en que a la chica que veía era mi hija. Las bragas descendieron lentamente mostrando sus partes más privadas, un monte de Venus prominente y sus caderas contoneándose al ritmo de la música, desnudas, completamente sensuales, al girarse pude apreciar su hermoso trasero, llenito, redondito y muy apetecible. – En ese instante me sacaba la verga del pantalón y me masturbaba directamente. – Sus manos suaves se comenzaron a pasear por su cabello, acariciándolo como si fuese una bailarina exótica, su cuerpo seguía contorsionándose y ya no pude más, en ese instante un intenso chisguete de esperma salió disparado con gran fuerza y cayó sobre mi escritorio, a este le siguieron otra y otro más menos intensos pero que me llenaron de leche la mano, la verga, el pantalón y los calzoncillos. Me quedé tendido en mi sillón mirando como ella seguía bailando y entonces detuve el video; había sido suficiente para mí, mi mente era un completo torbellino de sensaciones, imágenes, el cuerpo de mi hija, mi verga moviéndose rápidamente, todo, todo lo que estaba pasando.

La noche fue terrible, no pude dormir y me tuve que masturbar en el baño dos veces, no quería que mi mujer se diera cuenta de lo que estaba haciendo. La imagen de Magdalena no se apartaba de mí y me torturaba con mil cuestiones morales, el que haya pasado por eso me comprenderá.

Total que olvidé el video por un par de días y todos mis intentos de espiarla, me sentía el ser más vil y depravado de la tierra. Entonces busqué por Internet algo sobre el tema y descubría cientos de páginas dedicadas al tema, paginas de ayuda psicológica, paginas de relatos y paginas pornográficas al respecto. Escribí a una de las páginas de ayuda y me comentaron que debía de visitarlo inmediatamente, me dieron una dirección de un centro y acudí – claro, todo anónimamente. – encontré algo completamente diferente y bastante deprimente. Gente que había sido abusada, padres golpeadores y abusadores, cosas como esas; pero mi situación no era por ese lado, lo mío era mucho más profundo.

Regresé decepcionado a casa y no volvía a tocar el video de Magdalena, por lo menos mientras pensaba más detenidamente en mi situación. Pensé mucho y por fin después de mucho meditarlo decidí que nada había de extraordinario en desear a una chica bella y joven, aquí el problema era que se trataba de mi hija. Obviamente me dije que secretamente la podría desear pero que nunca pasaría nada entre los dos y qué por ese motivo no había ningún inconveniente con mis pensamientos. Decidí deshacerme de ese video que al principio había sido la causa de todo este malestar. Me senté en la computadora y por última vez vi las escenas del video: Sí, su cuerpo era maravilloso, pero esta vez no despertó en mí ninguna sensación extraordinaria, posiblemente haya sido la sorpresa de la primera vez, continué viendo la pantalla y por fin llegué al punto en donde me había quedado. Nada extraordinario sucedió durante los próximos cinco minutos, ella seguía bailando frente a su espejo, pero entonces después de esto todo cambio: Todo.

Magdalena después de terminar la pieza musical se sentó en la orilla de la cama y luego se dejó caer, otra pieza comenzó pero ella no continuó bailando. Su cuerpo estaba tendido en la cama, con sus pies en el suelo. De pronto sus manos comenzaron a acariciar sus pechos, lo hacía delicadamente, así unos cuatro minutos; su mano descendió lentamente acariciando su estomago y luego su vientre. Acarició con ternura y delicadeza sus labios vaginales, su boca se abrió reclamando más aire y su pecho se comenzó a agitar más. Sus piernas estaba un poco cerradas pero lentamente el compás se fue abriendo más y más. No podía ver directamente su sexo, pero veía su mano moviéndose de arriba para abajo y luego en forma circular. Los ojos cerrados y la otra mano apretando una teta, pellizcando el pezón. Poco a poco la mano ganaba velocidad y las expresiones en su rostro iban cambiando junto con su respiración cada vez más agitada. Por fin su boca se abrió ampliamente sin cerrarse y su cuerpo se tensó, las piernas se estiraron hacia el frente y volaron un poco, era el orgasmo, sí mi hija se masturbaba y estaba llegando a un orgasmo, tranquila, relajada, disfrutándolo a pesar de su poca edad. Nunca lo hubiera imaginado si no lo estuviera viendo.

Y cuando me di cuenta nuevamente me estaba yo masturbando, mi verga se movía frenéticamente impulsada por mi mano derecha. Arriba, abajo más rápido, el glande salía portentoso en la parte alta y los espasmo comenzaban. Uno, luego otro y otro chisguete de esperma, caliente, espeso y un prolongado gemido de satisfacción. Sí, definitivamente gozaba con la imagen de mi pequeña. No sabía que iba a suceder de ahora en adelante pero estaba seguro de qué no iba a ser nada desagradable, ni para ella ni para mí.

Lo primero que comenzó a suceder es que de un día para otro comencé a acercarme más a mi hija, le preguntaba por su colegio, por sus amigas, por sus amigos y también si ya tenía novio o aún no. Ella notó desde el primer momento mi acercamiento y lo tomó como algo normal, no me recriminó nada y lo acepto con mucho agrado. Ese nuevo inicio fue acercando más a Magdalena con migo y apenas en dos meses ella me confiaba muchos de sus problemas. Comenzamos a realizar juntos sus tareas escolares y nuestros contactos también se comenzaron a hacer más seguidos. Nos abrazábamos, nos besábamos, pero todo sin pasar de un limite.

Algo diferente pasó una de esas tardes: estábamos haciendo una de sus tareas, buscábamos en Internet alguna información, yo estaba frente a la maquina y ella había ido a la cocina por algún refrigerio, entró en la oficina y como no había otra silla cerca se sentó sobre mis piernas. Nada fuera de lo normal pero entonces comencé a sentir sus formas; ella se movía con forme iba encontrando algo y sus nalgas se apretaban contra mis piernas, se hacía para adelante, para atrás y en cada movimiento yo podía sentirla. Obviamente no pude evitar que lentamente se me comenzara a formar una erección y Magdalena siguió restregándose sobre mí como si nada pasara. ¿Acaso me sentía? Indudablemente debería de ser así. ¿Acaso era que ella también quería entrar en el juego? Eso no lo sabía, pero podría averiguarlo. De que era arriesgado lo era, pero tenía que intentarlo. De esta manera sabría si continuaba o paraba en mis intenciones.

Cómo no queriendo la abracé por la cintura sin que ella prestara mayor atención a ese hecho, le acariciaba delicadamente el estómago y no había protestas, mi mano se fue deslizando muy lentamente hasta descansar sobre su muslo, sí, muy cerca de su entrepierna. Intenté registrar cualquier síntoma de incomodidad por su parte pero nada sucedía. Mi verga seguía completamente erecta y sus nalgas restregándose sobre ella, mi mano ahora se movía muy levemente sobre su vientre y ella parecía no percatarse.

¿Debía entender eso como una aceptación del juego? ¿O simplemente en realidad no se daba cuenta? Decidí dar un paso más; mi mano hizo presión ahora un poco más notoria sobre su entrepierna, ella traía su falda gris escolar lo que me impedía bajar un poco más la mano, como no obtenía ninguna respuesta por este medio y no era seguro que entendiera mi insinuación decidí intentar en otro lado. Mi mano fue subiendo nuevamente por su estómago y no se detuvo allí, subió un poco más y con el filo de los dedos rocé uno de sus senos. Lo sentí firme, ella no hizo ningún comentario ni se movió como para zafarse. Mis dedos se comenzaron a mover lentamente acariciándole la teta, ella seguía como sin nada. No había duda, ella estaba aceptando el juego, pero obviamente no debía ir muy rápido debería de darle su tiempo y que lo fuese disfrutando igual que yo. Por ese día las cosas no pasaron de ahí.

Eso sí, al terminar la tarea tuve que meterme al baño y me masturbé lentamente hasta conseguir un suculento, relajador y prolongado orgasmo que ensució todo el suelo, así que después de relajarme un poco tuve que limpiar.

El día siguiente volvió a suceder, pero esta vez Magdalena venía vestida con una playera y debajo una lycra de color rojo que se ceñía perfectamente a sus delicadas curvas, nuevamente me senté en la computadora mientras que ella buscaba en la cocina algo para beber, el ritual fue el mismo exactamente. Entró en la oficina, buscó una silla que no había y se sentó sobre mis piernas, de inmediato mi mano se posó sobre su estómago, esta vez la erección ya estaba lista pues de solo verla vestida de esa manera me hervía la sangre.

Vi su bien formado traserito posarse sobre mi erección, la presión no se hizo esperar y los movimientos; que delicia. Ya no había muchas barreras que traspasar. Mi mano comenzó a bajar lentamente por su estómago hasta caer mi muñeca sobre su muslo, mis dedos estaban ya rozando su vulva. Ella fingía no darse cuenta pero me di por enterado de que su respiración se comenzaba a agitar levemente.

Mis dedos se comenzaron a mover circularmente sobre su vientre, trataba de sentir cada una de las líneas de su entrepierna y no tardé en encontrar una leve hendidura qué comencé a masajear delicadamente. Seguí la delgada rayita que se dibujaba en la lycra, comenzaba a sentir sus abultados labios marcándose perfectamente sobre la delgada tela. No hice ninguna pausa hasta llegar a la parte más baja de su vagina y regresé por el mismo camino, una vez, otra vez, ella no decía nada. Ahora todo en la habitación estaba silencioso y ambos seguíamos fingiendo buscar algo en la red; pero seguramente nos encontrábamos más concentrados en las sensaciones que experimentábamos.

Muy lentamente fui acercando mi cara hasta su cabello, el delicioso olor de su shampoo me invadió las fosas nasales, me acerqué más y le di un delicado beso, sentí como su cuerpo se tensaba un poco. Mi mano seguía jugueteando con la pepita de mi nena. Noté que su cuello se inclinaba un poco al lado permitiéndome mejor acceso hasta su cuello, con la mano libre retiré la cabellera y dejé descubierto el costado de su cara, le besé tiernamente el cuello, otro beso, otro más. En cada ocasión los besos se hacían más prolongados. Ella abrió un poco el compás de sus piernas dejándome avanzar un poco más con mi mano sobre su vagina. Le restregué mi pene entre su culo moviéndome lentamente debajo de ella que seguramente lo sentía perfecto. Mi lengua comenzó a buscar su piel y ella entonces cerró sus ojos y soltó un prolongado suspiro.

Seguí besándola sin parar, su cuello, la oreja, con la mano la hice girar la cara y entonces lo más delicioso del mundo, sus labios. Mis labios se posaron sobre los de mi pequeña y comenzamos a moverlos, nos chupábamos alternativamente y poco a poco mi lengua invadió su cavidad bucal, ella ardiendo de deseo me entregó sin más su lengua y nos enredamos en una deliciosa batalla de placer. Nuestros labios completamente unidos se restregaban, se abrían, apretaban, se pegaban más. Mi mano ahora estaba completamente metía entre sus piernas y sobando esa deliciosa sajada que ya comenzaba a humedecer la tela de la lycra.

Solté la conchita de mi nena y entonces comencé a levantarle la playera, ella se tensó y calmándola le dije que no tuviera miedo. La playera salió por su cabeza, ella levantó las manos para facilitar mi labor, quedó únicamente con un corpiño en el cual se marcaban perfectamente sus senos, sus pezones ya erectos al máximo. Me apoderé de sus pechos con ambas manos acariciando desde atrás y la volvía a besar en los labios. Estuve amasando las tetas firmes de mi bebe por varios minutos y luego metí por debajo del corpiño las dos manos, su cintura breve, su estómago plano y seguí subiendo, por fin pude acariciar directamente sus senos, estaban muy calientes y ella gimió al sentir mis manos pasearse directamente sobre su piel. Atrapé sus pezones entre mis dedos y los apreté con delicadeza una y otra vez, los estiraba y los masajeaba. Ella entonces gimió regalándome la certeza de que se estaba viniendo sin siquiera haberle tocado nuevamente la vulva.

Magdalena al terminar su orgasmo se quedó recostada contra mi pecho y respirando agitadamente mis manos seguían amasando sus senos, sus pezones erectos. La hice incorporarse y le quité el corpiño, por primera vez veía directamente ese par de hermosos pechos, seguía acariciándolos y volviéndola a recostar contra mí me agaché para chupárselos. Mi lengua se apoderó de ese pezón rosadito y lo lamí sin descanso por muchos minutos, luego lamí todo el seno. Volví a bajar mi mano hasta su conchita notando lo mojada que se encontraba la lycra por sus jugos. Sobé nuevamente mientras chupaba su teta y así permanecí hasta lograr que Magdalena se viniera por segunda ocasión. Esta vez la dejé descansar y nos quedamos así casi media hora. Luego le puse sus ropas y le pedí con mucha delicadeza que se fuera a terminar su tarea al cuarto y que mañana continuábamos con la búsqueda. Antes de que saliera le di un beso muy ardiente en los labios y ella me sonrió, me encerré en la oficina y sentándome en mi sillón me masturbé hasta mojarme completamente los pantalones. Fue delicioso. Al día siguiente volvimos a repetir el ritual que habíamos diseñado para nuestros encuentros solo que en esta ocasión las cosas fueron más rápidamente, ella se sentó e inmediatamente comencé a meterla la mano debajo de la blusa. Agarré sus tetas y las amasé con excitación, ella se recargó en mí girando su cabeza para besarnos, mis labios encontraron los suyos y nuestras lenguas se buscaron. En poco tiempo voló su blusa y quedó desnuda de la cintura para arriba, pero en esta ocasión las cosas variaron un poco.

Mis dedos buscaron el broche de su falda y luego bajé el cierre de ésta, seguía sentada pero mis manos tuvieron más libertad de acariciarla, me paseaba sobre las bragas sintiendo cada uno de los pliegues y curvas de su cuerpo. Magdalena comenzó a gemir cuando mis dedos se pasearon a lo largo de la rajada que se dibujaba perfectamente en la delgada tela de color blanco. Pasé mi dedo entre estos dos calientes pliegues una y otra vez hasta regalarle a mi nena su primer orgasmo de esa tarde. Ella meneaba sus caderitas en muy ligeros círculos restregando de esta manera sus nalgas sobre mi palo completamente erecto. Después de su primer orgasmo la hice levantarse y aunque con un poco de vergüenza ella dejó que su falda resbalara de su cuerpo y cayera a sus pies. Por primera vez contemplaba su cuerpo de esa manera, en vivo, a todo color y en todas sus dimensiones. Puse mis manos sobre sus caderas y la atraje hacía a mí que levantándome un poco logré colocar mi boca sobre una de sus tetas, se la mamé y mientras mis manos se dedicaban a acariciar su hermoso trasero, metía los dedos entre el canal que separa los cachetes y buscaba en la parte baja su ano; apretaba los cachetes y los amasaba.

La pequeña Magdalena solamente echaba para atrás su cabeza dejando que su cabellera rozara levemente mis manos. No pudiendo contener más la satisfacción de tenerla así comencé a bajarle las bragas, dejando al desnudo sus partes más privadas, ella no lo evitó. Me separé un poco de sus tetas para poder admirar ese hermoso monte de Venus apenas manchado por unos pocos vellitos que comenzaban a crecerle. Sin esperar más mi mano se paseó por toda la zona, acaricié sus labios vaginales y su monte de Venus, así varias veces para luego concentrarme únicamente en la parte alta de su vagina. Localicé el clítoris y comencé a juguetear con él. Magdalena no tardó en comenzar a gemir y mover su cuerpo con sensuales contoneos y a los dos o tres minutos un nuevo orgasmo, esta vez, más intenso que el anterior. Gritó, gimió y lloriqueó por las sensaciones tan intensas que estaba experimentando. Sus muslos estaban completamente empapados con su propio néctar. Después de que terminó su orgasmo la senté en mi sillón dejándola descansar unos instantes.

Ante su atenta mirada comencé a desnudarme completamente y al quitarme los pantalones por primera vez vio lo largo de mi palo dibujado en la tela de mis calzoncillos. Lentamente retiré los calzoncillos y la verga fue quedando al descubierto. Mi hija asombrada veía con incredulidad lo largo y grueso de mi pene.

Me acerqué y le pedí su mano, la puse sobre mi duro garrote y ella tímidamente lo comenzó a reconocer con su tacto, su delicada manita recorrió muy lentamente cada una de las líneas de mi tronco, sopesó las bolas y jugueteó con el glande. Le pedí que atrapara con sus dedos el grosor del tronco y ella me obedeció. Luego le dije que comenzara a mover lentamente su mano de adelante para atrás, qué dejara que la cabecita saliera completamente de la piel que la cubría; con curiosidad ella comenzó a recorrer la piel de mi pene hasta dejar que la cabeza púrpura quedara completamente descubierta, la apreció detenidamente y luego regresó por el mismo camino. Así lentamente comenzó a aprender como debería de masturbarme, le fui indicando las velocidades y ritmos que yo deseaba. Magdalena aprendió muy bien y después de pocas instrucciones continuó moviéndome la piel del palo. Las sensaciones se me fueron acumulando poco a poco y de pronto estallé, sorprendió a mi hija el primer disparo de leche que le pegó en los pechos, le pedí que no parara. Ella continuó moviendo su mano logrando sacar chorro tras chorro de leche que le iba pegando en el cuerpo. Por fin mi garrote perdió su dureza y ella lo soltó, se miró toda llena de jugos y después de ver que me comenzaba a recuperar preguntó:

– ¿Qué es, papá?

– Es mi esperma pequeña… es lo que soltamos los hombres.

– Esta caliente.

– Si pequeña… así me pones tú, muy caliente.

– ¿Te gustó, papá?

– ¡Me ha encantado! ¡Fue fascinante!

Le comencé a explicar que como ella se venía así mismo nos sucedía a nosotros los hombres pero lo hacíamos de esa manera. También le explique que los hombres solamente soportamos una venida y que por el contrario ellas se pueden venir varias veces. Así terminó la sesión de ese día. Para la tarde siguiente le tenía preparadas nuevas cosas a Magdalena, esta vez la llamé a mi cuarto cuando llegó de la escuela, ella acudió casi de inmediato y cuando entró le pedí que se quedara parada allí en el marco de la puerta, me acerqué hasta ella y la besé en la boca, su lengua me respondió al instante. Me abrazó y por supuesto yo hice lo mismo. Un par de minutos después la comenzaba a desnudar. Quedó completamente desnuda y luego me desnudé yo. La llevé hasta el baño y nos metimos en la regadera, la mojé para luego comenzar a enjabonarle todo el cuerpo, me enjaboné y así comencé a abrazarla y besarla –solamente nuestras caras no tenían jabón. – Las sensaciones de esta práctica son deliciosas, los cuerpos se restriegan dulcemente y cada roce es una caricia. Terminamos por fin de bañarnos luego de largos minutos y llevé a mi hija hasta la cama después de secarnos.

Con delicadeza fui tendiendo a Magdalena en el colchón, aprecié su hermoso y delicado cuerpo para luego comenzar a besarla desde los pies hasta la cabeza, tardé varios minutos así hasta llegar a su boca y besarnos nuevamente, ella gemía y respiraba con gran dificultad. Me separé de ella y acomodándome entre sus piernas las fui abriendo poco a poco, su vagina se mostró completamente ante mí, me agaché y pasé la lengua por toda su vulva, ella se retorció por la inesperada sensación. Me agarré de sus caderas y comencé a lengüetearle la concha sin parar. Busqué sus rincones más escondidos llevándola desde las risas a los gemidos y pujidos. Magdalena en pocos minutos me regaló con sus jugos qué sin demora saboree buscándolos por todos sus rincones.

Descansamos unos segundos y luego le enseñé como se debería de hacer el sesenta y nueve, su boca engulló mi barra de carne justamente como se lo había enseñado y así nos comenzamos a mamar hasta lograr el delicioso orgasmo. Está vez me vine en su boca y ella se sacó la verga después del primer disparo, toda la cara le quedó llena de esperma. Le dije que debería de beberse toda la leche sin desperdiciar gota alguna para la próxima vez.

Ella me dijo que lo haría, pero que la había tomado desapercibida. Solamente logró tragarse un poco de mi peche en el primer chorro que le disparé en lo más profundo de su boquita. Durante el sesenta y nueve le estuve metiendo un dedo en su ano hasta que logré clavárselo completamente.

Nos quedamos dormidos en mi cama y despertamos cuando comenzaba a oscurecer, Magdalena me pidió que se la mamara otra vez y definitivamente que no me pude contener, la abrí de piernas a la orilla de la cama y yo hincado en el suelo le mamé su conchita, esta vez metiéndole la lengua lo más profundamente posible que pude mientras que la ensartaba con mi dedo medio por el ano. Llegó a su primer orgasmo y ella me pidió más, yo ya estaba completamente duro y le pedí que practicáramos de nuevo el sesenta y nueve, ella enseguida dijo que sí. Esta vez quedé encima de ella, Le abrí sus pétalos con los dedos y lamí sus paredes internas, su clítoris estaba completamente fuera de su capuchón mostrándose orgulloso, lo lamí también una y otra vez, ella se vino pero no dejó de mamarme, me apretaba con sus labios la verga de forma deliciosa y me vine apenas unos segundos después de que ella logró su orgasmo, esta ocasión si se tragó toda la leche que le deposité en la boca, hizo un gran esfuerzo pero lo consiguió. Quedamos completamente complacidos y ella se fue a su cuarto luego de volvernos a bañar, yo me quedé profundamente dormido y ni me enteré de a que horas llegó mi mujer.

Los siguientes días, fin de semana no pudimos hacer nada pues a Magdalena le bajó. Durante esos días me dediqué sacar el trabajo que no había podido concluir por nuestros encuentros en la semana.

Fue hasta el día martes después de que mi hija llegó del colegio cuando pudimos hacer algo nuevo. La idea por supuesto era irle enseñando nuevas cosas a Magdalena, pues bien, después de que llegó del colegio la llamé de nuevo hasta mi habitación, ella solo tardó un par de minutos en llegar, traía su uniforme escolar y se veía hermosa con par de trenzas que se había hecho.

– ¿Ya terminó bien tu regla? – pregunté.

– ¡Sí, desde ayer!

– Bien… hoy vamos a aprender cosas nuevas.

No contestó pero emocionada meneó su cabecita afirmativamente. Me coloqué frente a ella y la besé, nuestras manos comenzaron a recorrer mutuamente nuestros cuerpos, ella centró sus caricias en mi entrepierna poniéndome completamente erecto; yo por mi parte me concentré más en sus nalgas. Luego de unos minutos comenzamos a desnudarnos hasta que sobre nuestros cuerpos no quedó ni una sola prenda. Nos fuimos a la regadera y repetimos la sesión de caricias con jabón por todo el cuerpo de la semana pasada. Por fin después de salir fuimos enseguida a la cama, ella se acostó al centro de la misma mientras yo terminaba de secarme y de admirar su hermoso y juvenil cuerpecito. Como primer paso comencé por mamar su rica vagina, con mis dedos abría sus labios y lamía las paredes interiores para luego pasar hasta su clítoris.

Ella se vino y la dejé descansar, luego me monté sobre su cuerpo acercando mi verga hasta su cara y se la di a chupar, la dejé que mamara solo un par de minutos pero diciéndole que quería que usara mucha saliva. Cuando separé de su boca la verga ella me pidió más pero por el momento eso bastaba, me acomodé entre sus piernas y le pedí que las abriera lo más posible. Mi hermosa hija abrió sus piernas mostrándome como su vulva se me ofrecía completamente, ligeramente sus labios se abrieron mostrándome su rosadito interior. Acomodé mi verga entre sus labios vaginales y ella sorprendida por la acción levantó la carita para ver que iba a pasar.

– ¿Me la vas a meter?

– ¿No quieres? – contesté con otra pregunta.

– ¿Duele?

– ¡Solo un poco!

Magdalena no dijo nada más solamente me sonrió moviendo su cabeza en señal de un SÍ rotundo, con la mano empuje un poco el pene al interior de sus labios y sentí su ardiente piel quemándome el glande. Ella gimió un poco al sentir la intromisión pero abrió un poco más el compás de sus piernas, sujetándoselas por detrás de las rodillas con las manos. Empujé lentamente mi verga y ella comenzó a quejarse a cada nuevo milímetro que avanzaba, cuando rasgué su himen ella soltó un ensordecedor grito de dolor y comenzó a llorar. Yo seguí sin embargo empujando mi pene ahora más de prisa en su interior, sabía que si se la sacaba le iba a costar más trabajo volver a aceptarla.

Magdalena tragaba saliva y sus lagrimas le rodaban por los costados de la cara hacia atrás humedeciendo su cabellera, le acaricié la cara regalándole una sonrisa amplia que ella respondió un poco adolorida aun.

– ¿Te he lastimado mucho?

– ¡Me dolió demasiado papá!

– No te preocupes, el dolor irá pasando y vas a comenzar a sentir rico.

Efectivamente, el dolor se iba quedando en el pasado y Magdalena comenzaba a dar pequeñas muestras de placer, las expresiones de su rostro comenzaron a cambiar y los gemidos de satisfacción a aumentar. Mi verga entraba y salía a un ritmo regular de su apretada panocha y aunque aun no me animaba a metérsela completamente ya solo quedaba fuera una cuarta parte. Sus pliegues se comenzaron a humedecer más y la penetración se volvió más fácil. Ella seguía sin soltar sus piernas completamente abiertas y yo moviéndome sobre su cuerpo pero sin dejar caer mi peso completo. Mi hija se acercaba a su orgasmo, lo sabía pues su respiración era cada vez más agitada y los gemidos más intensos. De pronto sentí como su vagina se comenzaba a contraer una y otra vez sobre el tronco de mi garrote, me apretaba deliciosísimo y no pude soportarlo más, le solté toda la carga acumulada de los día pasados en su pequeña panocha, ella me sintió y me pidió más mientras yo me movía frenéticamente en si interior. Empujé mi leche lo más profundamente posible, quería dejársela completamente dentro, ella gemía y me decía que esto era lo más maravilloso del mundo. Por fin ambos terminamos riendo sin poder contener las exquisitas y a la vez dolorosas sensaciones de este fabuloso orgasmo.

Me quedé dentro de ella hasta que la verga perdió su dureza, luego lentamente me fui retirando, mirando como salía de su apretada y ahora dilatada panocha. Un poco de sangre se apreciaba entre nuestros jugos que escurrían por las nalgas de Magdalena, ella gimió cuando sintió como salía de su interior mi garrote y vio como éste estaba completamente flácido y mojado con nuestros fluidos.

– ¿Te ha gustado? – pregunté.

– ¡Sí! He sentido algo muy rico… ¿Pero?…

– ¿Qué pasa mi vida?

– ¿Puedo quedar embarazada? En la escuela dijeron que el esperma embaraza.

– No te preocupes hija… yo ya estoy operado y no me salen espermas, solo el líquido.

– ¡Ah! Qué bueno.

– ¿Qué sentiste?

– No sé… es algo muy rico… sentí que volaba o no sé.

– ¿Te gustaría hacerlo de nuevo?

– ¡Sí!

Le dije esto último cuando comencé a sentir que mi vara estaba nuevamente dura, ella se volvió a sujetar las piernas dejando las completamente abiertas, pero le dije que ahora íbamos a cambiar de posición. Me recosté en la cama con mi palo completamente duro recostado sobre mi vientre, le pedí que se montara y ella comprendió que era lo que deseaba. Se paró sobre mi con sus pies en mis costados, lentamente se comenzó a sentar, vi su vagina como se fue abriendo mientras se iba encuclillando. Quedó a la altura de mi pene y con su manita lo tomó para guiarlo a su interior. La gruesa cabeza se posó entre los labios y ella la movió para adelante y para atrás buscándose el agujerito. Por fin se fue dejando sentar y mi garrote la fue penetrando, ahora ella podía medir mejor la cantidad que quería recibir y para mi sorpresa se la fue metiendo lentamente y pasó el punto en el cual yo me había detenido, mi garrote entró completo y ella quedó perfectamente empalada.

Puse mis manos en sus caderas y comencé a guiar sus movimientos, ella al principio lo hizo muy bruscamente, la fui guiando, pidiéndole que lo hiciera lentamente, que lo disfrutara milímetro a milímetro. Ella lo comprendió y sus movimientos se hicieron más suaves y rítmicos, su vagina me apretaba deliciosamente en esa posición.

Yo me dediqué a acariciarle todo el cuerpo, su cara, sus senos, bajé por su estomago y juguetee un ratito con sus labios vaginales buscándole el clítoris, luego pase por sus muslos y hasta sus rodillas para luego regresare y concentrar mis caricias en las nalgas de mi pequeña, le metí un dedo en el ano y entonces sus músculos vaginales se apretaron más, era deliciosamente increíble que su panocha me apretara tanto. Ella entonces me avisó que se iba a venir, yo comencé a empujar mis caderas contra su vientre para así aumentar la velocidad, me sujeté de sus caderas y no paré. Al mismo tiempo nos comenzamos a venir entre gemidos y gritos delirantes de placer. Los chasquidos en nuestros sexos aumentaron y sentí como los jugos que salían de su rajada rodaban por mi palo y se escurrían hasta mis bolas y culo hasta por fin llegar a las sábanas de la cama.

Nos quedamos retozando cerca de una hora, platicando de lo mucho que habíamos disfrutado, de su escuela, de sus amigos y amigas, de sus profesores, de su madre. Luego nos metimos en la regadera y bajamos a cenar, poco después llegaba mi mujer y nos saludaba. Vi en los ojos de Magdalena una mirada retórica contra su madre pero sin llegar a ser agresiva, cenamos y luego nos fuimos a dormir.

Por supuesto que al siguiente día se volvió a repetir la sesión, esta vez fue en su habitación, saliendo del baño nos dirigimos a su cuarto y ella se recostó en la cama, me monté en su bello cuerpo y comenzamos a besarnos y acariciarnos, total que quedamos de lado en esa ocasión, frente a frente. Le apunté la verga a su entrada vaginal y lentamente la comencé a penetrar, ella ya estaba completamente húmeda. La verga se fue abriendo paso entre sus pliegues lentamente hasta llegar al fondo de su apretada panochita. La hice subir una de sus piernas en mí para así poder tener mejor acceso y estar más cómodos. Ella me restregaba los pechos y me besaba frenética diciéndome lo mucho que me quería. Los chasquidos producidos por nuestros jugos con la entrada y salida del garrote se escuchaban por toda la habitación; Magdalena llegó a su primer orgasmo y yo aún seguía como nuevo. Descansamos unos segundos e inmediatamente después le pedí que cambiáramos de posición, esta vez la puse a la orilla de la cama empinada, su culo en esa posición se veía hermoso, me acomodé detrás de ella apuntando con la mano mi garrote entre sus labios vaginales abultaditos y apretaditos por la misma posición. Restregué el palo de arriba para abajo a lo largo de la rajada y lentamente la comencé a penetrar cuando éste se lubricó un poco. La penetración fue lenta y llegué hasta lo más profundo de su vaginita sintiendo como le tocaba el útero. Comencé a bombear mientras que mis manos se recreaban en las hermosas formas del trasero de mi hija, me sujetaba de su cintura y de las caderas y acariciaba los dos cachetes redondos y tersos de sus nalgas.

Ella obtuvo así su segundo orgasmo esa tarde y yo traté de retener el mío lo más posible, afortunadamente lo conseguí; luego de eso le pedí a Magdalena que se recostara de nuevo en la cama pero esta vez en la misma orilla en que estaba, sus piernas quedaron colgando y le pedí que se las sujetara como la vez pasada. De esta manera su vagina quedaba completamente expuesta así que se la mamé varios minutos, pero luego mi lengua fue buscando la parte de abajo, sí, su hermoso ano arrugadito y apretado. Se lo comencé a lamer y trataba en cada ocasión de irla penetrando con la lengua, poco a poco su agujero fue cediendo y mi lengua lo penetró, a la lengua le siguió después un dedo que se estuvo entreteniendo varios minutos, luego otro dedo más. Estaba dilatando perfectamente su agujerito pues el siguiente paso era mi verga. Me entretuve demasiado tiempo en esa labor pues su culito estaba completamente estrecho. Por fin cerca de veinte minutos después de haber comenzado pude ver que ya mi garrote se podría abrir paso por allí. Me levanté y le pedí a mi hija que aguantara lo más posible lo que iba a venir pero que si sentía que la lastimaba de más me lo dijera y yo se la sacaría. Apunté el glande en el ano y comencé a empujar. Muy lentamente mi barra se fue incrustando y abriendo a su máximo ese estrecho canal, mi hija se quejaba pero no pedía que se la sacara así que continué empujando cada vez más tronco en su interior. Tenía la cara roja y los ojos vidriosos cuando por fin llegué hasta su fondo, pero no pidió en ningún momento que se la sacara, sí, mi hija se había tragado toda mi barra gruesa y larga por su apretada entrada posterior. Me quedé quieto viendo ese hermoso y apretado agujerito con mi barra bien clavada y poco a poco comencé a retirarme. Casi a punto de salir regresé hasta dentro, ella se quejó pero lo soportó.

Bombee lentamente al principio y poco a poco fui ganando velocidad, le pedí a Magdalena que mientras yo me la cogía de esa manera ella se tocara el clítoris y la vagina, le fui indicando como hacerlo. Ahora mientras que me la cogía por su ano ella se masturbaba la vagina. Las sensaciones eran tan intensas que creí no poder aguantar hasta que ella se viniera pero aguanté, ella comenzó a decirme que se estaba viniendo y yo ya no pudiendo soportar más ese delicioso pero enloquecedor cosquilleo le solté mi carga de esperma, en su interior sintió el calor de mi leche que le encantó, sus músculos se apretaron con fuerza y su esfínter me estranguló la barra de caliente carne que estaba en ese instante soltando su carga en lo más profundo, fue increíble y desquiciante. Mi hija gritaba que le diera toda la leche y se masturbaba metiéndose en la panocha un par de dedos. Fue una experiencia sumamente delirante tanto para ella como para mí que no creí nunca coger con mi hija de esa forma y además no creí que soportara el tamaño de mi barra por su apretado culito. A ella la deje en su cuarto mientras que yo me retiraba a mi habitación para asearme y después poder descansar un rato, luego de que los dos estuvimos listos me fui a mi oficina a terminar el trabajo que tenía, mientras que ella se puso a terminar su tarea escolar. Mi mujer llegó tarde como de costumbre y cenamos los tres juntos, luego nos fuimos a dormir, en esa ocasión mi esposa me pidió que me la cogiera y no obstante haber cogido locamente con Magdalena le pude responder, no lo creía estaba tan caliente como en la tarde con mi hija. Ahora con mi mujer.

Las cosas siguieron su rumbo como de costumbre, aunque las sesiones se comenzaron a hacer menos frecuentes pues nunca le iba a aguantar el paso a las dos mujeres de mi casa, definitivamente ellas son muy calientes, lo mismo que su servidor.

Bien pues en una de esas tardes en que Magdalena y yo nos encontrábamos en mi habitación cogiendo frenéticamente de pronto la puerta se abrió, los dos volteamos a mirar y allí se encontraba mi mujer. De inmediato nos cubrimos presas de la vergüenza en esos momentos, mi mujer salió corriendo y se metió en la oficina cerrándose con llave. Después de que medio me pude poner los pantalones le dije a mi hija que fuera para su cuarto y que no se preocupara, que yo iba a hablar con su mamá. Magdalena preocupada me preguntó entonces que si ya no lo volveríamos a hacer.

– No te preocupes… ¡No dejaría de hacértelo nunca! – le dije. Salí a buscar a mi esposa y después de buscarla por varios minutos me di cuenta de que se encontraba en la oficina. Le pedí que me abriera la puerta pero fue inútil.

No quedaba de otra más qué esperar, y pasaron cerca de dos horas antes de que se oyera el seguro de la puerta al quitarse, entonces me levanté del sillón en que me encontraba y antes de que ella saliera entré yo en la oficina pidiéndole que se sentara.

– ¿Cómo te atreves? – dijo indignada.

– ¡Mira, no tengo nada que aclararte!… Lo viste todo. A tu hija le encanta y no pienso dejar de hacerlo con ella… Ahora piénsalo bien, no te exijo que sea ahora, piénsalo bien… Tienes dos opciones, la primera y más radical es irte de casa, y por lo que acabas de ver tu hija no te seguirá… La segunda es resignarte y aceptar la situación cómo está… Tu todavía me gustas físicamente y te amo, podemos seguir compartiéndolo todo como hasta ahora, tú hija no tiene por que ser una rival; somos parte de la misma familia. – Me quedé callado, dando tiempo para que ella entendiera muy bien mis palabras. – ¡Piénsalo bien! Podemos seguir siendo lo de siempre, las cosas no cambian por que me acueste con la nena… a ella le encanta y sé que a ti también… Podemos compartirlo como siempre hemos compartido todo.

No dije más y salí de la oficina dejando a mi mujer sentada, penando en lo que le acababa de decir. Era verdad, ella me fascinaba aun física y emocionalmente pero ahora la decisión corría por su cuenta. Subí a mi habitación y me desnudé, me metí a la cama pero sin dormir, pensando también en lo que sucedería. Las cosas no se veían nada fáciles a partir de esté momento. No sabía lo que pensaba mi mujer pero podía entender perfectamente que si de por si era difícil sorprender al marido con una amante, lo era mucho más cuando esa amante se convierte en la propia hija del matrimonio.

Pasaron un par de horas y todavía me encontraba meditando en lo ocurrido cuando escuché que la puerta del cuarto se abría, me volví y vi a mi mujer parada en la entrada de la habitación, en su cara ya no se veía la aflicción que se notaba cuando bajé a platicar con ella; me miró directamente a la cara y preguntó:

– ¿Tienes fuerza?

La pregunta me dejó perplejo, pues no entendía a que tipo de fuerza se refería ella, entonces sorprendido vi como se despojaba de su blusa mostrándome sus hermosos senos, grandes y con los pezones completamente rígidos. Caminó hacia la cama y en el trayecto dejó también caer su falda, sus piernas bien torneadas se dibujaban en la semi-oscuridad del cuarto, llegó a la orilla de la cama y entonces se rasgo las bragas. Su mata de vello quedó medio oculta por la tela desgarrada inmediatamente me incorporé y comencé a acariciar sus caderas, luego terminé de quitarle los harapos en que se habían convertido sus bragas y quedó completamente desnuda. Mis dedos se perdieron entre sus piernas y mi boca se pegó a sus senos.

– Quiero poner un par de reglas… ¿Puedo? – dijo desconcertándome un poco más.

– ¡Adelante! – dije.

– La primera: Voy a aceptar que te acuestes con Magdalena, sin celos y cuando tu quieras, pero con la condición de que cuando ella encuentre a alguien tu no interfieras.

– ¡Eso no lo tienes ni que pedir!… ¿Cuál es la segunda?

– Qué alguna vez me permitas estar presente cuando se lo hagas… Sin que ella lo sepa.

– Las veces que tú quieras, solo tienes que pedírmelo y arreglamos el encuentro.

– ¡Entonces a partir de ahora vamos a comenzar una nueva familia! Hicimos el amor como nunca antes lo hicimos y desde ese momento mi hija y mi esposa se convirtieron en cómplices, aunque nunca se mencionaban nada entre ellas sabían perfectamente cuando cogía con una o con otra.

Continuará

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