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El relato erótico "La dulcerita, Parte 01" es un texto de ficción, ni el autor ni la administración de BlogSDPA.com apoyan los comportamientos narrados en él.

No sigas leyendo si eres menor de 18 años y/o consideras que la temática tratada pudiera resultar ofensiva.

  1. La dulcerita, Parte 01
  2. La dulcerita, Parte 02 (Final)
Tiempo de lectura: 8 minutos

Uffff!!!, qué caliente andaba. Divorciado, con 24 años de edad y además con una de mis Perras de vacaciones con su esposo y sus hijos, y la otra, la soltera, hospitalizada por una accidente automovilístico que tuvo este fin de semana, me urgía acción.

En plenitud de mi vida sexual, con un buen pedazo de verga de 8 pulgadas y ¼, acostumbrado a moverla bastante, ahora me encontraba en blanco desde casi una semana. Incluso pensé, cuando venía a la oficina de regreso de la comida, en pasar por una de esas salas de masaje, donde por unos pesos te hacen un oral y de perdido descansas los adoloridos testículos… No me decidí, no es el caso, como que todavía no estoy para pagar por sexo, aunque de una mamada se trate. Qué rápido caí…

Esa misma tarde, después de que la secretaria (más bien secretaria de mi padre, una señora ya vetusta de edad, y de antigüedad siendo el brazo derecho de él, el dueño de la empresa familiar en la que empecé a laborar tan pronto terminé mi carrera de abogado), me avisó que ya se iba, me metí al internet a buscar una buena página porno para darme una buena jalada de verga y descansar aunque sea un poco, me sentía muy congestionado.

Pasé por y encontré dos o tres cuentos que me dejaron más caliente de lo que andaba, luego me fui a algunos portales de fotos de sexo y nenas en cueros… Ahí me encontré con una divinidad de mujer, exquisita: La presentan como Aria Giovanni; mamacita!!!, quienes la conocen sabrán de lo que les estoy hablando, es una Diosa. Los que no, se las recomiendo. Terminé peor, con la verga casi reventándome de lo parada que la traía. Nada más de ver semejante super mujer.

Me dispuse a la puñeta. Fui al baño y me traje un rollo de papel, para la lefa. Me bajé los pantalones y el bóxer a las rodillas y sin quitar la vista de la pantalla, me la jalaba muy despacio, observando toda la humanidad de la famosa Aria, imaginando como sería introducirle la lengua en esa boquita tan deliciosa y en todos sus rinconcitos… Mamita, si te me aparecieras ahorita, te embarazaba, PERRA!!!, le decía. Después de varios minutos casi estaba por estallar en lechazos, cuando tocaron a la puerta principal. CHINGA TU MADREEEE!!!, Quién jijos puede ser. Carajo ya mero me venía!, me cortaron la inspiración. Empecé otra vez, sabroso, “hay Aria, qué buena estás”, dale… dale y: toc toc toc. “Chingado, cómo molestan”. Me medio acomodé la ropa y fui a asomarme por el visor de la puerta, a ver quién tenía la osadía de molestar mi puñeta.

Era Sandy, la niña de las donas. Ya la había visto por la oficina algunas veces. Vende donas y dulces; con una canastita recorre las oficinas del barrio, ofreciéndole a las secretarias lo que vende. No tiene nada de relevante, o no me había fijado para nada: Por lo poco que había observado, según yo andaba por los 12 años, delgada, pelo a media espalda, lacio y oscuro. Morenita, tostada por el sol, por la friega del recorrido diario. Simpática de carilla; alguna vez que yo estaba con las muchachas, llegó algo maquillada, según dijo que por otras secretarias ociosas vecinas… Se veía guapa, guapita la nena, pensé. Yo casi no la conocía. Las chavitas no se me daban, nunca me faltaron hembras ya hechas… hasta ese día. Además por mi profesión, sé perfectamente la chinga que te paran si te denuncian por estupro: De 10 a 15 años a la sombra, aquí, en mi País.

No se pregunten por qué, hasta hoy no lo sé yo mismo: Abrí con mucho cuidado el cerrojo de la puerta, para que no escuchara y me retiré de ella, yéndome a mi despacho y sentándome como estaba, con la ropa a la rodilla y mi animal al aire. Era un volado, un cara o cruz, vaya. Si no se le ocurría empujar la puerta y entrar solita, ni pedo, ADIOS. Si por el contrario, entraba… Ya veríamos cómo se daban las cosas. Yo, por lo pronto seguí jalándomela, pero ahora más sabroso, por la emoción.

Pues sí, sí entró. Incluso, quién sabe por qué, volvió a cerrar con la llave… Yo como si nada, haciéndome el incauto, seguí con la verga al aire, masturbándome de lo más sabroso de lado a la puerta de mi despacho, viendo por el reflejo de los vidrios de un librero como se acercaba de puntitas a mi puerta. Llegó a la puerta y se paró allí mirándome, sin hacer ruido, callada. Perfectamente pude distinguir como abría más sus ojos cuando vio mis 8 pulgadas de verga bien irrigada y sumbante, pajeada muy lentamente por mis dos manos, como exprimiéndomela.

Por la impresión se le salió un suspiro y volteé, según yo, asustado. Ella soltó la canasta de sus productos y estos se regaron por la alfombra. Sin guardarme la reata, incluso sin dejar de cascármela, le pregunté qué se le ofrecía. Sólo contestó que buscaba a las muchachas. Le dije que ellas se iban desde la 6 y que ya eran casi las 7 de la noche, que si no lo sabía. Me respondió que se le había olvidado y se arrodilló a recoger sus cosas. Yo por mi parte puse el sillón ejecutivo de frente a ella y así seguí jalándomela.

La niña siguió nerviosa recogiendo sus golosinas, con la cara al suelo pero atisbando como yo me seguía autosatisfaciendo, con los pantalones y el bóxer ya en los tobillos, mostrándole también mis bien hinchados guevotes. Ahí me fijé que traía una diadema, deteniéndole el pelo , retirándoselo de la frente. Cuando terminó, se puso de pie y se quedó allí parada, como castigada, sin hablar, sin dar muestras de retirarse, con la barbilla pegada al pecho.

Saqué un cigarro y lo encendí. Con una mano fumaba y con la otra me zarandeaba el garrote y me lo pajeaba ya muy húmedo por mi líquido preseminal, embarrándomelo por todo el chilón para que me brillara bien , observándola de pies a cabeza. Noté que la diadema había desaparecido; seguramente estaba en la canasta, clarito pude notar como embebida me devoraba la verga con los ojos escondidos tras el cabello. Ya estaba…

Le pregunté que por qué venía tan tarde y me respondió que no le fue bien en la venta, que vio mi coche y vino a tocarme, a ver si le compraba algo. Le dije que a mi no me gustaban las donas ni los dulces, que cómo le hacíamos. Sólo levantó los hombros, sin decir nada. Le pregunté porqué no había vendido y se sonrió y se llevó un dedo a la boca, mordiéndose una uña. Rápido le repliqué que seguramente se había ido de novio toda la tarde y me dijo que sí. Le pregunté su edad y me dijo que casi 14 años, que en 5 meses los cumpliría.

-Te ves más chiquilla, le respondí.

-Y tu novio, cuántos años tiene?.

-14, respondió, “es compañero de la escuela”. Ya viéndome, sin tapar su cara con el pelo, agarrando confianza. Mirando mi cara y mi palote, bien sacudido con mi mano libre, exhibiéndoselo todito.

Me confesó, con voz temblorosa por los nervios, que si no lograba reponerse su mamá y su padrastro la iban a regañar mucho, que mejor se iba a seguirle. -Bueno, le dije, cierras bien la puerta al salir, cariñito, adiós.

Me volví a jugar otro voladito… quería estar bien seguro de que ella estaba interesada, si no mejor ahí que quedara. No se movió!!, siguió mirando la vergona que le estaban enseñando, sin hacer por irse.

– Ándele, oiga, cómpreme algo, me dijo, se lo lleva a su casa, no sea malito. Yo me sonreí, triunfante y le pedí que me enseñara lo que traía. Solita se acercó y puso su cansta sobre el escritorio, quedando de pie a centímetros de mí, con el fierro casi reventándose, de lo excitado que me estaba poniendo.

Traía puestos unos pantaloncillos de esos de moda hasta las pantorrillas, muy pegaditos, delgaditos, a la cadera y arriba una blusita top corta, a la cintura, de manga corta, muy fresca también.

Mientras me enseñaba los dulces y me decía su precio, yo le pasaba la vergota por el pantalón, a la altura de sus muslitos, mojándoselo con mis babas. Al verla y sentirla tan cerca de mí me empezó a gustar, se veía muy linda, olía muy bien, a perfumito juvenil.

No era, ni por mucho, parecida a mis muchas viejas que he tenido, no. Tenía un aire… un encanto inocente, desconocido para mí hasta entonces. Me provocaba gran ternura ver como sus manitas tomaban los dulces con mucho cuidado, con tanta feminidad; sentirla tan cerca, tan bonita me mareaba. La tomé de la cintura y la volteé de frente a mí y le dije como si fuera una mujer, seguro de que causaría el mismo efecto que siempre he tenido en ellas:

-Me gustas mucho, Sandy, mi cielito, estás muy chula. La verga le quedó embarrada en el estómago y casi llegándole al principio del pecho, entre los dos. Se me quedó viendo a los ojos, entre asustada e interesada en lo que le decía, con sus manos entrelazadas entre sí, como no sabiendo dónde ponerlas, algo incómoda sintiendo mi garrote bien pegado a su cuerpo. Además sentía mis guevotes en su bajo abdomen.

Ella volteó a ver su canasta sobre el escritorio y yo sabiendo lo que quería escuchar le dije que no se preocupara, que le iba a comprar lo que ella quisiera y aparte le daría dinero para ella. La tomé de las manos y se las puse sobre mi gordo y necesitado garrote. Sentí la frescura de sus manitas, sus dedos largos y delgados me la tomaron y lo enderezaron. Sus ojos interesados lo revisaron y lo ponían de varios ángulos, revisándola con cariño, como lo había hecho con sus dulces y sus donas, cuando me los ofreció en venta.

Qué, princesa? Le pregunté.

-Uuuyy, la tiene muy grande. Bien grande y gorda… Me respondió, abriendo bien sus ojos.

–Si, nena, tú crees…, le pregunté, no conocías otras?

– “Sí”, me dijo solamente, sin más. Ya no habló… se concentró en jalármela con las dos manitas, sabiendo muy bien lo que hacía, exprimiéndome el juguito que salía de la punta y esparciéndolo sobre la cabeza del pene con sus pulgares, con ritmo, sin yo enseñarle nada.

La tomé de las mejillas, como para comprobar si mis sospechas, de que esta nena ya sabía de lo que se trataba estar con un hombre, eran ciertas, y le dije que me diera un besito. Retiró su interesada mirada de mi verga y viéndome a los ojos me dijo que sí sin hablar, sólo afirmando con su cabeza. Me tomó del cuello y abrió su boca sobre la mía, ella de pie y yo sentado en mi sillón de oficina. Era buena la nena, por lo menos sabía de lo que se trataba. Era paciente al momento de besar, no se dejaba ir como algunas pendejas ya mayores, ya les habrán tocado, que lo babosean a uno todo. Incluso me recargué en el sillón y ella se vino conmigo, tendiéndose sobre mi cuerpo a todo lo largo, sin dejar de darme su lenguita.

Se la empecé a frotar en el estómago con la blusa ya subida casi hasta el pecho, haciéndosela sentir en carne viva. Ella sola se frotaba sobre mi palo, sintiendo la cabezona bien hinchada en su piel. La dejé de besar y la subí un poco para restregarle el fierro en la pepita, sobre el pantaloncito y al sentirla volvió a suspirar como cuando llegó. La niña estaba muy caliente, se veía muy bonita así, se mordía el labio inferior muy sexi, si es que una niña de 13 años puede ser sexi. Se detenía con sus manos de cada una de los descansa brazos del sillón y se frotaba en mi verga, pasándosela por la entrepierna del pantaloncito.

Me miró y se me acercó otra vez para que la siguiera besando. Ya viendo como estaba la criatura, la tomé de las mejillas y la metí toda la lengua en la boca, haciendo mi beso más lascivo y cachondo, calándola, viendo ha dónde se podría llegar con ella… Respondió!!!, los besos crecieron, las lenguas estaban fuera de nuestras bocas, peleando entre sí, enredándose y acariciándose, sin importar la diferencia de edades. Dejó de sostenerse en el sillón y me agarró la verga para masturbarme con una mano mientras me seguía besando.

Me separé de ella y le dije al oído:

-La sabes chupar, nenita? Otra vez me miró a los ojos, trémula, sumisa y me lo afirmó con la cabeza: Un silencioso SÍ, y se fue deslizando por mis piernas, al piso, sin dejar de masturbarme mi ya babeante garrote, sin dejar de mirarlo…

Continuará

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