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El relato erótico "Abusando de una tontita" es un texto de ficción, ni el autor ni la administración de BlogSDPA.com apoyan los comportamientos narrados en él.

No sigas leyendo si eres menor de 18 años y/o consideras que la temática tratada pudiera resultar ofensiva.

Tiempo de lectura: 7 minutos

Creo haber hecho una buena obra cogiéndome a esa chiquilla. No me considero un malhechor.

Ni me llamo Juan, ni me llamo Pedro, ni me llamo Francisco, ni me llamo Julio. Porque el caso es que para ustedes no me voy a llamar de ninguna manera. Seré tan solo un fantasma que explica unas vivencias pasadas. Pero nunca nadie va a saber quien soy yo.

El caso es que yo trabajo en una tienda de… digamos de congelados. Yo me encargo de la caja y soy digamos en gerente de la tienda. A mi mando están unas cuantas chicas/mujeres de la tienda que si bien alguna está bien rica, no entra a formar parte principal de lo que me dispongo a relatar.

A menudo entra una madre o padre o lo que sea con una niña que vienen de compras. Como las niñas pequeñas pequeñas no entienden mucho de contactos humanos, a menudo me aprovecho y les pellizco el culo o alguna cosita así. Cuando se van haciendo más grandes las féminas, también se ponen muy buenas algunas de ellas. Pero entonces también se vuelven más listas y no puedo meterles mano con la misma facilidad con que meto a una niña que apenas sabe porque le estás acariciando en trasero o sobando las tetitas.

Pero hace unos cuantos meses entró en mi tienda una chica de unos 15 años, alta, delgada, guapita, pero con una muy especial particularidad que era para mi totalmente nueva.

El caso es que solo de mirarla a la cara, veías que esa chica no estaba a pleno juicio. Resumiendo; que era uno poco tontita. No tenía la típica cara del síndrome de down (mongol) sino que su disminución era de otro tipo. No sé ahora definir que tipo porque no soy médico, pero que tenía cara tan solo de tontita, no más.

Desde el instante en que la vi me fijé un blanco, manosearla. Esta acción tiene diferentes veces, diferentes dificultades. Y en la mayoría de casos tiene que tener uno un golpe de suerte. Como que le pase la chava por el lado (con su progenitor delante) o que mientras su progenitor escoge la compra, la chava se te acerque para bromear.

En este primer encuentro con la que llamaremos Dulce, tuve tan solo un poquitín de suerte. Su progenitora se fue ya de la tienda y la llamó porque ella aún estaba encantada mirando. Justo después de llamarla, la madre se giró hacia la calle. Y eso me dio la oportunidad de al pasar Dulce a mi lado, le metí la mano entre las piernas. Fue un contacto muy rápido, milésimas de segundo. Pero noté en esas milésimas de segundo, que le palpé la panocha como quien palpa la pelota de voleibol en un match.

Como me sucede a menudo después de manosear a una clienta, se me empalmó la poronga el rato inmediato a su tránsito. Deseé con intensidad que se convirtiera aquella tontita en una clienta habitual de la tienda. Y Dulce volvió, no se convirtió en una clienta habitual que viene día sí, día no, pero volvió.

No sé cuanto tiempo pasaría entre el primer y segundo contacto, quizá 2 o 3 meses, quien sabe. En este segundo contacto no hubo, digamos, contacto. Ella estaba con su madre ante mi, detrás de la barra, mientras yo cobraba. Y como vi que no tendría esta vez manera de manosearla, me dediqué a otras manipulaciones; mientras su madre se distraía mirando su monedero y sacando los €uros y esas cosas. Yo le echaba a Dulce unas cuantas miradas de estas que palpan. Primero la miraba a los ojos y viendo que ella me estaba mirando los míos, la recorrí de arriba a abajo. Mirándole las tetillas, la barriguita, esa de ensueño cadera en la que sería fabuloso hacer bailar mi poronga. Y al volver mi mirada a sus ojos (después de recorrerla toda) vi que su sexto sentido femenino había captado todo lo que le había dicho con mis ojos.

Ahí acabó todo. Se fue y pasó otro intervalo de tiempo antes de volverla a ver. Esta tercera vez tuvo un aspecto nuevo, como las dos anteriores. Al igual que la segunda; cobré a su madre con ella a su lado. Mientras cobraba, veía que ella me miraba con ese que debía ser incomprendido deseo sexual que sentía su cuerpo, no su mente. La mirada que le pegué la segunda vez tuvo su efecto. Y ella, como mujer, había pensado en mi con posterioridad a la compra. Yo me dije “las cosas pintan tan difíciles como la segunda vez, no alcanzaré a tocarla” entonces puse mi atención al máximo, como si estuviera jugando un partido de vóley, y esperé a los dos segundos en que su madre ya se encaminaba hacia la puerta, y ella aún no había comenzado a andar. Con la velocidad del rayo, alcé mi mano y le acaricié la tetita. Ella la recibió claro con sorpresa y me dedicó una sonrisa.. Yo la dejé claro, pues no era cuestión de que la madre se girara para llamarla. Al soltarla y después de dedicarme esa sonrisa, se volvió a su camino con su madre.

En los instantes después, pensé que la semilla ya estaba echada. Ella sabía quien era ese tendero de los ultramarinos y sentía atracción por él, era cuestión de aprovecharlo. El tiempo pasó de nuevo, pasaron semanas, quizá meses, y Dulce seguía sin aparecer. Pasado el verano (recientemente) llegó una semanita de vacaciones en mi tienda, plantada en una zona esencialmente turística. ¡Vacaciones! Loadas vacaciones. Pero tienen cosas buenas y también malas. Pues no podría manosear durante ellas a ninguna chava en la tienda.

¿Saben ustedes como cuando tu numero de la lotería coincide con el premiado y la serie incluida? Pues esa fue la fortuna que me sonrió a mi cuando; era el miércoles de la semana de vacaciones. Yo tenía mucho tiempo libre y resulta que estoy acostumbrado a comer cada día, dormir cada día, y trabajar cada día y digo: ¿por qué no ir a la tienda a arreglar ese fluorescente que parpadea? Ahora que no hay nadie, no habrá quien me moleste y allí fui. Llegué con mi personal cajita de herramientas, dispuesto a arreglar el problema en un periquete. No cerré la verja esperando salir en 20 minutos, y fue ese el numero de lotería que me tocó sin esperarlo. Estaba yo concentrado en mi lampista tarea, cuando oí que la puerta de aluminio de la tienda se abría y entraban unos pasos.

¡Quien es! Vociferé, esperando que me contestara una de las empleadas. Pero no contestó nadie. Extrañado, me levanté y me fui a ver quien era el imprevisto. Casi que me saltan lágrimas de alegría de los ojos cuando vi quien era. Era Dulce. Con la sonrisa más grande que he tenido nunca en la cara, me acerqué a ella y la cogí de los costados.

Hola, dije.

Hola, dijo ella, vengo a buscar 500 gramos de calamares.

Uy, pues no te los puedo dar, porque la tienda está cerrada y nuestro surtido está temporalmente en otra tienda. Pero te voy a dar otra cosa riquísima, ya verás. Después de cerrar con llave la tienda, y viendo la que esperaba su reacción (ninguna) tomándola de la mano, me la llevé al lavabo. Una vez en el aseo. Tomándola del trasero, la senté en la repisa. Sus ojos tenían la misma mirada que esa última vez que vino con su madre, en que le toqué la tetita. No sabía en absoluto porqué le gustaba lo que le hacía, pero así era.

Sin prisa pero sin pausa empecé a besarle el cuello, ella tan solo sabía que le gustaba lo que le estaban haciendo, y no tenía ninguno de estos prejuicios que tienen las “enteradas”. No me anduve con remilgos y en unos minutos de morreos y sobarle las tetitas, ya la tenía descamisada. Tenía unas tetitas soberbias, pequeñitas porque se ve que Dulce hace algún deporte, pero con la forma justa de una teta que bien criada puede ser hacerse idealmente grande.

Entre los muchos manipulares que practiqué en Dulce, no se cuando fue que empecé a sobarle la concha. Ella agradecía estas manipulaciones con unos muy dulces gemidos de adolescente a la cual soban la concha por primera vez. Evidentemente, al cabo del rato, ya la tenía en pelota viva encima de la repisa del lavamanos. Mis ojos no podían apartarse de ese primario objetivo que me llamaba a cada momento. Esa concha peludita, con esos pelos finos primerizos nunca rapados, pues al rasurarse una, se engordan los pelos y eso no me gusta mucho. Pero su panocha era virgen tanto por fuera (pelos nunca cortados) como por dentro (ya se me entiende). Sin poder evitarlo me saqué el ciruelo preparándome a “usarlo”. La cara de Dulce me revelaba que estaba excitadísima. Y yo iba a complacerla como se merece una chica tan linda.

Observando el intenso placer que sentía Dulce, la masturbaba con la punta de mi pene en su rajita. Se trataba de ir preparándola para penetrarla y eso iba a ser tan difícil como placentero. Cuando opiné que hubo llegado al grado de excitación máximo, empujé. Ahhhh, ella solto un gritito, revelador de la intensidad de sensaciones que sentía. Por no hacerlo doloroso, traté de hacer mi penetración lo más homogénea posible. Se la fui insertando toda arrancandole un gemido en cada centímetro mío que entraba. Al final quedaban un par de centímetros y fue allí que empujé al máximo mi entrepierna.

Oooooooooh.

Ya estaba, ya la tenía desvirgada, ahora era cuestión de gozarla. Sin pausa alguna, después de penetrarla totalmente. Adquirió mi entrepierna ese dulce ritmo de penetración masculino. Meterla, sacarla­meterla­sacarla. Al tiempo que veía que ella gemía como quizá nunca más iba a gemir, me fijé en que salían lágrimas de sus ojos. Lágrimas de alegría son, como las que me iban a salir a mi cuando la vi entrar ­pensé. Eso apasionó mi cogerla hasta mi propio límite; abrazándola fuerte sentada ella en la repisa, le insertaba sin prisa pero sin pausa, toda la longitud de mi poronga, para volver a sacársela hasta que casi se saliera, para volver a metérsela tratando de que sus paredes vaginales sintieran el más grande placer sentido nunca y que no más se sentirá otra vez.

Llevábamos un buen rato cogiendo cuando de pronto pensé: un momento, no llevo goma, ¿Qué hago, me corro dentro y quizá la dejo embarazada? ¿Y quizá me busca la policía y hasta me encierran? Uy no, será mejor sacarla. Le saqué la poronga de la vagina y pensé como acabar; no me gusta el sexo anal, ¿sabrá ella chuparla? Pensé que no sabría y ideé una forma particular de acabar el polvo. Le dije que se pusiera de rodillas en el suelo y que abriera la boca. Me masturbé con su mano hasta que le descargué toda la leche en la boca, como le dije antes que se la tragara; se la tragó, satisfaciendo mi viril orgullo.

En acabado, la vestí de nuevo y para ser previsor, la acompañé a otra tienda de ultramarinos de la cadena y allí compramos ese medio quilo de calamares. Una palmada en el trasero y un “no se lo digas a nadie” y pa casa.

Fin

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